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El Misterio del Dinero Corriente

Fábula Que Ayuda A Comprender El Problema Del Dinero Actual

La Isla de los Náufragos

1. Salvados del naufragio

Una explosión ha destruido el barco. Cinco navegantes se agarran como pueden a un gran trozo de madera que flota a su lado y son los únicos que sobreviven, quedando a merced de las olas.

Después de largas horas se produce un nuevo milagro:

- ¡Tierra! ¡Tierra allá, vean! ¡a donde nos empujan las olas!

La felicidad anima el cansancio de los sobrevivientes: Francisco, carpintero de oficio; Pablo, cultivador; Jaime, experto en la cría de animales; Enrique, agrónomo y horticultor, y Tomás, geólogo.

2. Una isla providencial

Después de descansar no dudan en ir a conocer la isla. Un rápido recorrido de la isla colma sus esperanzas. Son los únicos hombres que la habitan pero otros han debido vivir aquí antes que ellos, a juzgar por algunos animales medio salvajes que han encontrado por aquí y por allá. Jaime afirma que podrá sacar un buen provecho de ellos.

En cuanto al suelo de la isla, Pablo lo encuentra en gran parte adecuado para el cultivo. Enrique ha encontrado árboles frutales, Francisco ha notado bellas extensiones forestales, ricas en maderas de toda especie y aptas para hacer construcciones diversas.

Tomás se ha interesado en la parte más rocosa de la isla, donde percibe un subsuelo rico en minerales. Aunque carece de herramientas se cree con bastante iniciativa y astucia para producir metales útiles.

3. La producción de riqueza

Los náufragos se ponen manos a la obra. Las casas y los muebles proceden del trabajo del carpintero, el cultivador obtiene cosechas. Poco a poco, la comunidad produce y obtiene en conjunto las riquezas que les nutren, les visten, les dan abrigo y atienden sus diferentes necesidades.

Recordando las crisis económicas en su país recuerdan las privaciones padecidas mientras las tiendas estaban repletas a diez pasos de su puerta. Al menos en la Isla de los Náufragos nadie les condena a ver que se pudran ante sus ojos cosas de las cuales podrían tener necesidad. Si el trabajo es a veces duro, por lo menos se tiene el derecho de gozar de los frutos del trabajo con dos grandes bienes, la vida y la salud.

4. Un inconveniente mayor

Una cosa molesta a nuestros náufragos cada vez más: El trueque, el intercambio directo de productos con productos, tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, la madera entregada al cultivador en invierno no podrá ser reembolsada en legumbres antes de seis meses, o un mueble entregado por el carpintero busca en intercambio cosas pequeñas producidas por los demás en épocas diferentes.

Si tuvieran dinero en circulación, cada uno vendería sus productos a los demás. Y con el dinero recibido, comprarían a los demás las cosas que quisieran y cuando quisieran. Todos reconocen la gran comodidad que constituiría para ellos un sistema monetario. Pero ninguno de ellos sabe cómo establecer tal sistema.

Han aprendido a producir riqueza; las cosas necesarias. Pero no saben cómo comienza el dinero, y cómo hacerlo comenzar cuando no existe, aún si de común acuerdo decidieran crearlo.

5. Llega un nuevo refugiado

Mientras machacan este problema por centésima vez a la orilla del mar, ven de pronto acercarse una chalupa remada por un solo hombre. Felices, se apresuran a ayudar el nuevo náufrago. Su nombre es Martín.

— “Aunque perdidos lejos del resto del mundo, le dicen, no tenemos por qué quejarnos. La tierra produce bien; el bosque también. Una sola cosa nos hace falta: no tenemos moneda para facilitar los intercambios de nuestros productos.”

— “Bendigan la suerte que me trae aquí, contesta Martín. El dinero no tiene misterios para mi. Yo soy banquero, y puedo instalarles en poco tiempo un sistema monetario que les dará satisfacción.”

¡ Un banquero!… ¡Un banquero!… Un ángel venido derecho del cielo no habría despertado más reverencia. ¿No se tiene por costumbre, en un país civilizado, inclinarse delante de los banqueros, quienes controlan el pulso de las finanzas?

6. El dios de la civilización

— “Señor banquero, Ud. No trabajará en la isla. Ud. sólo se ocupará de nuestro dinero.”

— “Me encargaré como todo banquero, de forjar la prosperidad común y ayudar al desarrollo de la isla.”

— “Muy bien, mis amigos. Pero empecemos por descargar de la chalupa las cosas que he podido salvar en el naufragio: una pequeña prensa, papel y accesorios, y sobretodo un pequeño barril que procurarán tratar con sumo cuidado.”

Se descarga el conjunto. El pequeño barril intriga la curiosidad de nuestros buenos hombres.

— “Este barril, declara Martín, es un tesoro sin igual. ¡Contiene mucho oro y toda clase de riquezas!”

— “¡Oh Señor Martin, verdadero gran banquero! Le saludamos respetuosamente….”

— “Riqueza abundante, amigos míos. Pero no es ella la va que a circular. La riqueza es el alma de todo dinero sano.

7. Un entierro sin testigos

Antes de separarse por la noche, Martín les hace una última pregunta:

— “¿Cuánto dinero les haría falta en la isla para empezar, para que los intercambios marchen bien?”

Se miran unos a otros. Se consulta humildemente al propio Martín. con las sugerencias del benévolo banquero, se conviene en que 200.000 pesos para cada uno parecen suficientes para empezar. Fijan cita para el día siguiente a la noche.

Martín no pierde tiempo. Olvida su cansancio para no pensar más que en su porvenir de banquero. Aprovechando la mañanita, cava un hoyo, hace rodar su barril, lo cubre de tierra, lo disimula bajo matas de hierba cuidadosamente colocadas y transplanta inclusive un pequeño arbusto para ocultar toda huella.

Después, pone en marcha su pequeña prensa para imprimir 1.000 billetes de 1.000 pesos. Viendo salir los billetes de su prensa, se dice a sí mismo:

— “¡Cómo son fáciles de hacer estos billetes! No servirían si no hubiera nada para comprar, pero mis amigos nunca pensarán en esto”

8. ¿A quien le falta dinero fresco?

Cinco pilas de billetes están sobre la mesa.

— “Antes de distribuirles este dinero, dice el banquero, hace falta entenderse.”

“El dinero está respaldado en mis riquezas. En consecuencia, el dinero es mío… Voy a prestarles este dinero y Uds. lo emplearán a su antojo. Creo ser razonable pidiendo un pequeño interés de 8 por ciento solamente.”

— “En efecto, Señor Martín, Ud. es muy generoso.”

— “Un último punto, amigos míos. Antes de recibir su dinero, cada uno de Uds. va a firmar este documento: es el compromiso por parte de cada uno de Uds. de reembolsar capital e intereses, bajo pena de confiscación por mí parte de sus propiedades. ¡Oh, simple garantía! No tengo ningún interés de quedarme jamás con lo que tienen, me contento con el dinero. Estoy seguro que conservarán sus bienes y que me devolverán el dinero.”

— “Esto está lleno de buen sentido, Señor Martín. Se lo devolveremos todo.”

— “Eso es. Vuelvan a verme cada vez que tengan problemas. El banquero es el mejor amigo de todo el mundo… Muy bien, aquí tienen para cada uno sus 200.000 pesos.”

Y nuestros cinco hombres se van encantados, con las manos y la cabeza llenos de dinero.

9. Un problema de aritmética

El dinero circula en la Isla. Los intercambios se han multiplicado a la vez que se han simplificado. Todos saludan al banquero con respeto y gratitud.

No obstante, el geólogo está inquieto. Sus productos están todavía bajo tierra y no tiene más que algunos pesos en su bolsillo. ¿Cómo reembolsar el préstamo en el plazo que se acerca? Después de haberse roto la cabeza mucho tiempo ante su problema individual, Tomás lo trata socialmente:

“¿Somos capaces de cumplir con nuestros compromisos? Martín ha hecho una suma total de 1’000.000 de pesos. Y nos reclama un total de 1’080.000. Inclusive si reuniéramos todo el dinero de la isla para llevárselo, esto haría 1’000.000 y no 1’080.000. Nadie ha hecho los 80.000 pesos de más. Hacemos cosas, no dinero. Martín podrá entonces quedarse con toda la isla, porque todos juntos no podemos reembolsar capital e intereses.

“Si los que tienen posibilidad devuelven su parte de dinero sin preocuparse de los demás, algunos van a caer, y otros van a sobrevivir. Pero les tocará su turno y el banquero se quedará con todo. Más vale unirse en seguida y tratar este asunto socialmente.”

Tomás no tiene dificultad para convencer a los demás de que Martín les ha engañado. Se ponen de acuerdo para una cita general en casa del banquero.

10. Benevolencia del banquero

El impulsivo Francisco presenta el caso: — “¿Cómo podemos entregarle 1’080.000 pesos cuando no hay más de 1’000.000 de pesos en toda la isla?”

—”Es el interés, mis buenos amigos. ¿Su producción no ha aumentado?”

— “Si, pero el dinero no ha aumentado. Y es precisamente dinero que Ud. reclama, y no productos. Ud. sólo puede hacer dinero. Ahora bien, Ud. no hace más que 1’000.000 de pesos y pide 80.000 pesos más. ¡Es imposible!”

— “Esperen, amigos míos. Los banqueros se adaptan siempre a las condiciones para el mayor bien del público… No voy a pedirles más que 80.000 pesos entre todos ustedes. Seguirán guardando el capital.”

— “¿Ud. perdona nuestra deuda?”

— “Lo siento, pero un banquero no puede perdonar una deuda. Uds. me deberán todavía todo el dinero prestado. Pero Uds. me van a devolver cada año solamente el interés, y no voy a apresurarlos para que devuelvan el capital. Algunos de entre Uds. pueden llegar a ser incapaces de pagar inclusive su interés, porque el dinero va del uno al otro. Pero organícense, pónganse de acuerdo en un sistema de impuestos. Pagarán más los que tengan más dinero, y los otros menos. Con tal de que me traigan colectivamente el total del interés, estaré satisfecho, les prestaré más y a ustedes les irá mejor.”

Los hombres se retiran, medio calmados, medio pensativos.

11. El éxtasis de Martín

Martín está solo y se dice:

“Mi negocio es bueno. Son buenos trabajadores estos hombres, pero ignorantes. Su ignorancia y su credulidad hacen mi fuerza. Querían dinero y se los he entregado junto con las cadenas. Me han cubierto de flores mientras les engañaba.”

“¡Oh gran banquero!, siento tu genio apoderarse de mi ser. Tu lo has bien dicho, oh ilustre maestro: «Que se me conceda el control de la moneda de una nación y me río de quien hace sus leyes.» Soy el maestro de la Isla de los Náufragos, porque controlo su sistema de dinero. Yo podría controlar un universo. Lo que estoy haciendo aquí, yo, Martín, puedo hacerlo en el mundo entero. Si un día salgo de este islote, gobernaré el mundo entero sin tener ningún cetro.”

12. Crisis de vida cara

Pero la situación empeora en la Isla de los Náufragos. Aunque la productividad aumenta, los intercambios disminuyen. Martín absorbe regularmente sus intereses de manera constante. Hay que pensar en ahorrar dinero para él. El dinero se vuelve escaso, circula mal.

Los que pagan más impuestos gritan contra los otros y aumentan sus precios para lograr compensación. Los más pobres, los que no pagan impuestos, gritan contra el costo elevado de la vida y compran menos. La moral baja, la alegría de vivir se va. Se pierde el ánimo de trabajar. ¿Para qué? Los productos se venden mal; y cuando se venden, hay que pagar impuestos a Martín. Cada uno se priva. Es la crisis. Y cada uno acusa a su vecino de faltar a la virtud y de ser la causa de la vida cara.

Un día, Enrique, pensando en medio de sus huertos, concluye que el “progreso” traído por el sistema monetario del banquero lo ha echado todo a perder en la Isla. Ciertamente, los cinco hombres tienen sus defectos; pero el sistema de Martín alimenta todo lo que hay de peor en la naturaleza humana.

Enrique decide convencer y ganarse a sus compañeros. Esto se hace rápido: “¡Eh!, dice Jaime, yo no soy un erudito; pero hace tiempo que lo siento: ¡el sistema de ese banquero está más podrido que el estiércol de mi establo de la última primavera!”

Todos están convencidos, uno tras otro, y se decide una nueva entrevista con Martín.

13. En casa del forjador de cadenas

— “El dinero está escaso en la isla porque Usted nos lo retira. Se le paga, pero se le debe todavía tanto como al inicio. Se trabaja, se hace más que antes y nos encontramos peor que antes de su llegada. ¡Deuda! ¡Deuda por encima de la cabeza!”

— “Vamos, amigos míos, razonemos un poco. Si sus tierras son mejores, es gracias a mí. Un buen sistema bancario es el activo más bello de un país. Pero para aprovecharlo, hace falta antes que nada guardar toda confianza en el banquero. Vengan hacia mí como hacia un padre… ¿Uds. quieren dinero? Muy bien. Mi barril vale muchos millones de pesos… Tomen, voy prestarles otra vez de a 200.000 pesos de inmediato y voy a hipotecar sus nuevas propiedades.”

— “¿Dos veces más deudas? ¿Dos veces más el interés a pagar cada año, sin nuca terminar?”

— “Sí, pero les seguiré prestando, a medida que Uds. aumentan la riqueza de su territorio; y Ustedes no tendrán que devolverme nunca nada más que el interés. Su deuda aumentará de año en año. Pero su ganancia también. Gracias a mis préstamos, desarrollarán a su país.”

— “Entonces, ¿mientras más producimos con nuestro trabajo en la isla, más aumentará nuestra deuda total?”

— “Como en todos los países civilizados. La deuda pública es un barómetro de la prosperidad.”

14. El lobo se come a los corderos

— “Una deuda que se vuelve necesaria y que no se puede pagar es algo malsano.”

— “Señores, toda moneda sale del banco en forma de deuda. Como banquero, yo soy una antorcha de civilización en su isla.”

— “Señor Martín, nosotros somos ignorantes, pero no queremos aquí esa civilización. No pediremos ningún préstamo más de Ud.. Moneda sana o no, no queremos más tratos con Ud.”

— “Lo siento por esta decisión, Señores. Pero si Uds. rompen conmigo, tengo sus firmas. Reembólsenme inmediatamente todo, capital e intereses.”

— “Pero es imposible, Señor. Incluso si le diéramos todo el dinero de la isla, no quedaríamos sin deuda.”

__”¿Que puedo hacer en eso? ¿Han firmado? ¿Si o no? Pues bien, en virtud del reglamento de los contratos, me apodero de todas sus propiedades empeñadas, tal como quedó convenido entre nosotros. Uds. no quieren servir de buena fe al poder supremo del dinero, pues lo servirán a la fuerza. Continuarán explotando la isla, pero para mí y bajo mis condiciones. Vamos. Les comunicaré mis órdenes mañana.”

15. El control de los periódicos

Martín sabe que para mantener el control del sistema monetario y el destino de una nación, también hace falta mantener el pueblo en la ignorancia y distraerlo en otra cosa.

Martín ha notado por las conversaciones entre los cinco insulares, que dos son conservadores y tres son liberales, por las peleas continuas entre ellos. De vez en cuando, Enrique presiona por encontrar una salida a la situación que viven… Fuerza peligrosa para la dictadura.

Valiéndose de su pequeña prensa, Martín publica dos folletos semanales: “El Sol”, para los rojos; “La Estrella”, para los azules. “El Sol” dice: ustedes no son ya los dueños a causa de estos azules atrasados, siempre pegados a los grandes intereses. “La Estrella” dice: Su deuda es obra de esos malditos rojos, siempre listos para arriesgar en lo que no deben. Y así nuestros dos grupos políticos se trenzan en discusiones sin fin, señalándose entre sí a unos como responsables de los problemas de los otros.

16. Unos restos preciosos

Un día, Tomás el geólogo, descubre encallada al fondo de una ensenada, al extremo de la isla y cubierta por altas yerbas, una chalupa de salvamento sin remos, sin más contenido que una caja bastante bien conservada.

Abre la caja y además de ropa y algunos artículos diversos, encuentra un folleto en bastante buen estado, titulado “Hacia el Mañana”, en el cual lee:

“El dinero no saca de ninguna manera su valor del oro o de las cosas que lo respaldan, sino de los productos que puede comprar. El dinero puede consistir en una sencilla contabilidad: abonos pasando de una cuenta a otra según las compras y las ventas. Además, el total del dinero debe estar en relación con el total de la producción.”

“A todo aumento de producción debe corresponder un aumento equivalente del dinero… Nunca pagar interés alguno sobre el dinero que nace… El progreso no debe representar una deuda pública…”

Tomás no aguanta más. Se levanta y corre, con su libro, a comunicar su descubrimiento a sus cuatro compañeros y exclama:

–Aquí está lo que hubiéramos debido saber desde hace tiempo:

17. El dinero, simple contabilidad

Y Tomás, actúa como profesor delante de una pizarra:

“He aquí lo que se habría podido hacer, sin el banquero, sin oro, sin firmar ninguna deuda:

“Abro una cuenta a nombre de cada uno de Uds. A la derecha, el haber, lo que aumenta la cuenta; a la izquierda, el debe, lo que disminuye la cuenta.

“Cada uno quería 200.000 pesos para empezar. De común acuerdo, decidimos escribir 200.000 pesos al crédito de cada uno, Cada uno posee entonces 200.000 pesos.

“Francisco compra productos de Pablo, por 10.000 pesos. Resto 10.000 pesos de Francisco y le quedan entonces 190.000 pesos. Añado 10.000 pesos a Pablo, que tiene entonces 210.000 pesos.

“Jaime compra a Pablo por valor de 8.000 pesos. Resto 8.000 pesos de Jaime a quien le quedan 192.000 pesos. Pablo tiene ahora 218.000 pesos.

“Pablo compra madera de Francisco, por 15.000 pesos. Resto 15.000 pesos de Pablo, al cual le quedan 203.000 pesos; añado 15.000 pesos a Francisco, que tiene ahora 205.000 pesos.

“Y así sucesivamente; pasamos los pesos de una cuenta a la otra, exactamente como los billetes de papel van de un bolsillo al otro.

“Sólo tenemos que informar oportunamente los montos de cada negocio y las cuentas de quienes participan para registrar adecuadamente los movimientos en los saldos de quienes producen y consumen…”

18. Desesperación del banquero

Todos han entendido. Al día siguiente, el banquero recibe una carta firmada por los cinco:

“Señor, Ud. nos ha llenado de deudas y explotado sin misericordia. No tenemos más necesidad de Ud. para regir nuestro sistema de dinero. Tendremos desde ahora todo el dinero que nos hace falta, sin oro, sin deuda, sin ladrón.

“Si Ud. tiene interés en ser reembolsado, podemos remitirle todo el dinero que Ud. ha hecho para nosotros, nada más. Ud. no puede reclamar lo que Ud. no ha hecho.”

Martín queda desesperado. Su imperio se derrumba. No hay más misterio de dinero o de crédito para ellos. –”¿Qué hacer? ¿Pedirles perdón, hacerse como uno de ellos? ¿Yo, banquero, hacer esto?… No. Voy más bien a tratar de pasar sin ellos, viviendo apartado.”

19. Otro engaño descubierto

Para protegerse contra toda reclamación futura posible los isleños hacen firmar al banquero un documento que certifica que él posee todavía todo lo que tenía cuando vino a la isla. He aquí el inventario general: la chalupa, la pequeña prensa y… el famoso barril. Fue necesario que Martín indicara el lugar para desenterrar el barril. Nuestros hombres lo sacan del hoyo con mucho menos respeto esta vez. Han aprendido a despreciar el fetiche.

El geólogo, cargando el barril, encuentra que no pesa mucho: “Dudo mucho que este barril contenga oro”, dice él. El impulsivo Francisco no vacila más tiempo. Un golpe de hacha y el barril echa por tierra su contenido: de oro, ¡ni un gramo! ¡Rocas y papeles sin valor!… Nuestros hombres se quedan aterrados:

— “¡Qué tontos hemos sido, hemos caído en éxtasis delante de la sola palabra ORO!”

— “¡Pensar que hemos empeñado todas nuestras propiedades por pedazos de papel respaldados por basura! ¡Además de ladrón, mentiroso!”

— “¡Pensar que nos hemos puesto mala cara y odiado los unos a los otros durante meses y meses por tal engaño! ¡Qué demonio!”

Apenas Francisco había levantado su hacha y el banquero salía corriendo hacia el bosque. (FIN)

TEXTO: Louis Even (1920)

DIBUJOS: Laurent Bedard

FUENTE: www.michaeljournal.org

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